
Once
por Manuel “mAmE” Romero Mier y Terán
Aprendí a jugar fútbol con una pelota de Mickey Mouse, de esas chafas, sin gajos ni cámaras, que parecían cualquier cosa menos un balón. En la escuela marista donde estudiaba jugábamos con lo que hubiera: botellas de Frutsi, latas aplastadas, loncheras olvidadas. El juego no necesitaba dignidad, solo hambre.
Pero nunca lo viví como en el verano de 1990, cuando mis padres me enviaron a un campamento en Tepoztlán. Campamento era un decir: seis horas diarias de catequesis, labores domésticas, disciplina monástica y silencio obligatorio después de las ocho. Más que niños, éramos novicios mal entrenados.
En el cuarto 4 dormíamos once. Once cuerpos flacos, once respiraciones contenidas. Entre ellos estaba Pacheco, un larguirucho de Querétaro, huesudo y serio, con una forma de mirar que no pedía permiso. No era el más fuerte ni el más simpático, pero cuando hablaba, los demás escuchábamos. Nunca supe exactamente por qué.
El hermano David recorría los pasillos cada noche, comprobando que las luces estuvieran apagadas y que el orden reinara. Pero en cuanto sus pasos se extinguían, empezaba el murmullo subterráneo: risas ahogadas, confesiones torpes, cigarrillos compartidos, experimentos absurdos con café soluble y valentías que al día siguiente parecían ridículas.
Nosotros queríamos otra cosa. El encierro nos asfixiaba y lo único que compartíamos con verdadera pasión era el fútbol. Pacheco lo dijo una noche, casi en susurro:
—Salgamos.
No explicó más. No hacía falta.
La primera dificultad fue la pelota. Estaban prohibidos los juguetes. El cuarto de juegos permanecía cerrado con candado. Dos días después, Pacheco apareció con un balón gastado bajo el brazo.
—Lo encontré afuera —dijo.
Nadie preguntó nada.
Esperamos a que pasara la medianoche. Salimos uno por uno, fingiendo idas al baño, con la ropa deportiva escondida bajo el pijama. Brincamos la barda trasera del patio como si escapáramos de un reformatorio. Del otro lado nos recibió el terreno baldío y la sombra del cerro. El Tepozteco vigilaba, oscuro, inmenso.
Jugábamos hasta que el cielo comenzaba a palidecer. Regresábamos cubiertos de polvo, con el corazón incendiado. Nadie nos delató. Hicimos un pacto silencioso: lo que ocurría afuera no pertenecía al mundo del día.
Una semana después, mientras disputábamos un partido cualquiera, aparecieron tres niños del pueblo. No los vimos llegar. Simplemente estaban ahí, recortados contra la noche.
Eran distintos. Más oscuros, más duros. El que iba al frente era casi tan alto como Pacheco, pero compacto, con músculos que no parecían de niño. Se me quedó mirando. Yo sostenía la pelota.
—Esa es nuestra —dijo, sin titubear.
Su acento me intimidó más que su tamaño.
Pacheco avanzó.
—Demuéstralo.
El otro no sonrió.
—Mi hermano la perdió aquí. Dámela.
Hubo un silencio incómodo. El campo parecía más grande.
—Juguemos —propuso Pacheco—. Si ganan, es suya.
El chico lo midió con la mirada.
—Mañana venimos completos. Y los vamos a barrer.
—Aquí estaremos.
Antes de irse, Pacheco le preguntó su nombre.
—Bachá.
No estrecharon la mano, pero algo quedó sellado.
Al día siguiente nadie prestó atención a la catequesis. La luna apareció redonda, demasiado blanca. Bachá regresó con once más. Nosotros éramos once.
El partido fue feroz. No jugaban como nosotros; jugaban como si defendieran algo que no entendíamos. Bachá y Pacheco se buscaron desde el inicio. Cada uno marcó dos goles. Cuando el marcador iba cuatro a cuatro y el amanecer comenzaba a romper el horizonte, Bachá burló a Pacheco y disparó con violencia. El balón pasó rozando el poste y se incrustó en una varilla oxidada que sobresalía de una barda. Reventó.
El silencio fue peor que cualquier derrota.
Bachá se encogió de hombros.
—Ni modo.
Pacheco le ofreció la mano.
—Buen partido.
—No juegan tan mal, para ser chilangos —dijo Bachá—. Lástima que ya no haya pelota.
Esa noche algo cambió. Ya no éramos dos bandos.
Bachá mencionó que vendrían lluvias. Dijo que, después, podían verse nahuales en el campo. Lo contó como si hablara del clima. Algunos nos reímos. Pacheco no.
—¿Seguro que va a llover? —preguntó.
—Las nubes lo dicen.
Pacheco no explicó su plan. Solo trabajó todo el día en secreto. Traía madera, trapos, brea de la carpintería. Nos pidió cubrirlo en las tareas. Sus manos quedaron negras.
La lluvia llegó puntual y se fue rápido, dejando una neblina espesa. Salimos a la hora convenida. Pacheco cargaba una cubeta.
Nos encontramos con los tepoztecos y caminamos hacia las afueras del pueblo, donde el campo se abría entre maizales húmedos. Allí, Pacheco reveló su obra: una esfera compacta de trapos y madera.
Al principio sentimos decepción.
Hasta que percibimos el olor.
Pacheco vertió brea, encendió un cerillo y lo acercó. El fuego prendió de golpe. Las caras se iluminaron en naranja. Nadie retrocedió.
La bola ardía.
No hubo equipos separados. Bachá y Pacheco eligieron mezclando nombres de ambos lados. Yo fui el primero que Bachá llamó. Sentí que me ascendían a algo invisible.
El balón rodaba dejando una estela de chispas en la niebla. Al principio lo tocábamos con miedo, pero pronto el miedo se volvió vértigo. El calor nos golpeaba las piernas. El humo nos hacía lagrimear. Corríamos igual.
En esa luz temblorosa los cuerpos cambiaban. Bachá se movía bajo, flexible, casi reptil. Pacheco saltaba amplio, como si tuviera alas. No sé si fue el cansancio o la sugestión, pero por un momento dejaron de ser niños.
En una jugada confusa, ambos se lanzaron por la pelota y la sujetaron al mismo tiempo. Sus sombras se fundieron sobre el pasto. Por un instante parecieron una sola criatura, una figura antigua que yo había visto en libros de historia sin entenderla.
Luego se separaron.
El disparo final desvió la bola hacia el maizal. A pesar de la lluvia reciente, el fuego prendió. Las llamas treparon por las hojas húmedas como si esperaran esa señal.
La magia terminó con los gritos.
Don Gregorio apareció primero. Después el hermano David, acompañado por el presidente municipal. Cuando el fuego fue controlado, nadie supo explicar nada. Dijimos que era una fogata. Nos creyeron a medias.
El castigo fue trabajar lo que quedaba del campamento en el maizal quemado.
Una mañana, mientras removíamos la tierra chamuscada, Bachá encontró una piedra con grabados. Don Gregorio nos explicó que allí, mucho antes, hubo una cancha de juego de pelota. Que en ese lugar se ofrendaban el maíz y el fuego nuevo.
Miramos el campo en silencio.
En el suelo aún se distinguían marcas circulares, once huellas de cada lado y, en el centro, una quemadura perfecta.
No entendí entonces lo que significaba. Lo guardé como se guarda una piedra extraña en el bolsillo, sin saber para qué servirá.
Han pasado treinta y tres años.
A veces vuelvo a Tepoztlán. Cuando el sol incendia el cerro al atardecer y veo en alguna bandera el águila y la serpiente entrelazadas, regreso a esa noche. No al incendio ni al castigo. Regreso al instante en que Bachá y Pacheco se fundieron en el centro del campo, sosteniendo el fuego entre los dos.
Siempre pienso en ese abrazo.
(1996)
Manuel Romero Mier y Terán, m A m E (Ciudad de México, 1978) escribe desde hace casi treinta años. Fue alumno del taller de Alberto Chimal y cofundador de la revista literaria Refundación, en 2009. En 2003 creó el blog literario Hijos de Nuestra Mente. Sus cuentos han aparecido en revistas mexicanas y antologías publicadas en México, Argentina y Canadá, país donde vivió entre 2008 y 2020. De vuelta en la Ciudad de México, conduce el podcast IA Se La Saben.
