¿Ya fue mucho enero para tu quincena?

¿Ya fue mucho enero para tu quincena?

La temporalidad en la literatura no es solo un marco donde ocurren los hechos: es una materia que se estira, se quiebra, se repite y se discute a sí misma. Desde sus orígenes, la literatura ha sido una forma de pensar el tiempo, de oponerse a su linealidad y de explorar cómo la experiencia humana lo vive, lo recuerda y lo imagina.

Uno de los puntos de partida teóricos es Aristóteles, quien en la Poética vincula el tiempo narrativo con la estructura de la acción: inicio, nudo y desenlace. Sin embargo, esta concepción será cuestionada siglos después. Henri Bergson introduce la idea de la duración (durée), un tiempo subjetivo, interno, que no se mide en relojes sino en intensidad de experiencia. Esta noción será clave para entender la literatura moderna, donde el tiempo psicológico desplaza al cronológico.

En la narrativa del siglo XX, Marcel Proust es un ejemplo central: en En busca del tiempo perdido, el pasado no es algo que se recuerda voluntariamente, sino que irrumpe a través de la memoria involuntaria. El tiempo se pliega sobre sí mismo y la narración avanza más por asociaciones que por sucesión de hechos. Algo similar ocurre en Virginia Woolf, especialmente en Mrs Dalloway, donde un solo día contiene múltiples capas temporales que conviven en la conciencia de los personajes.

Desde la teoría literaria, Gérard Genette sistematiza estas operaciones en Figuras III, al distinguir entre orden, duración y frecuencia del relato: anacronías como la analepsis (flashback) y la prolepsis (anticipación) muestran que el tiempo narrativo es siempre una construcción. En América Latina, esta conciencia del tiempo se radicaliza: Juan Rulfo, en Pedro Páramo, desarma la frontera entre pasado y presente, entre vivos y muertos, creando un tiempo espectral donde las voces hablan desde distintas capas temporales a la vez.

La literatura contemporánea ha seguido explorando estas tensiones. En autores como W. G. Sebald, el tiempo aparece como ruina y archivo; en Clarice Lispector, como instante absoluto; en muchas escrituras feministas y autobiográficas, como experiencia corporal atravesada por la memoria, el trauma y la repetición. Aquí el tiempo no progresa: insiste, vuelve, duele.

Así, la literatura no solo representa el tiempo: lo piensa. Frente al tiempo productivo y lineal de la modernidad, la escritura propone otros ritmos, otras duraciones y otras formas de habitar el pasado y el futuro. Leer es, en ese sentido, una forma de suspender el tiempo y, al mismo tiempo, de comprenderlo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *