
José Manuel Ríos Guerra
por José Manuel Ríos Guerra
Era el 3 de junio de 1986. Tenía cinco años y me faltaban dos meses para cumplir seis. Mi madre nos sentó a mi hermano Ovidio y a mí en la sala, nos dio un refresco, prendió la televisión y nos ordenó ver el partido de México.
Nosotros sólo tomábamos refresco los domingos o en las fiestas. Así que desde aquel día relacioné el futbol con una celebración.
Recuerdo que papá me regaló un balón y que Ovidio y yo salíamos a jugar mientras se disputaban los partidos. Durante el encuentro contra Alemania nos metíamos a la casa cuando escuchábamos gritos. Fue un partido eterno. México quedó eliminado en penales, pero la fiesta siguió porque un día después Maradona echó a los ingleses con un gol con la mano y con el mejor gol de la historia de los Mundiales.
Ese año entré a la primaria. Un día, la maestra nos preguntó cuáles eran los estados de la República. Mis compañeros respondían Pachuca, Texas, Londres.
Alcé la mano para demostrar que yo sí sabía. La maestra me dio la palabra. Y cuando dije Argentina, la maestra se agarró la cabeza desesperada y mis compañeros comenzaron a reírse. Yo no entendía. ¿Cómo podía Argentina no ser parte de México si había ganado México 86? La maestra y mis compañeros eran unos burros. No había otra explicación.
Más tarde, mamá me aclaró que Argentina era otro país y que Maradona no era mexicano. Fue una de mis primeras decepciones futbolísticas, aunque no la última.
A partir de entonces vi futbol siempre que pude. Me gustaban los partidos, pero también los resúmenes: volver a mirar los goles y reconstruir en unos minutos una historia que había tardado dos horas en suceder. Mis padres se desesperaban porque los domingos transmitían Cine permanencia voluntaria, pero yo, convertido en un pequeño dictador, me apoderaba de la televisión.
A veces salía a jugar solo y narraba partidos imaginarios en los que México sí sabía tirar penales y terminaba campeón del mundo. Desde 1986 tengo una coraza que me permite disfrutar cada Mundial, ilusionarme con la selección mexicana y no caer en una depresión cuando llega el inevitable “jugamos como nunca y perdimos como siempre”.
El Mundial de 2026 fue diseñado para la desmesura: 48 selecciones, 104 partidos, tres países, estadios enormes, distancias absurdas, pausas de hidratación convertidas en espacios comerciales y una FIFA empeñada en demostrar que cualquier cosa puede generar dinero.
Y, sin embargo, como decía Maradona, la pelota no se mancha y el futbol sobrevivió.
Sobrevivió al VAR que buscaba infracciones microscópicas y que anuló goles cruciales de Croacia, Egipto, Colombia, Uruguay e Irán. Sobrevivió a los horarios dictados por la televisión, al calor, a las entradas carísimas y al intento de convertir cada partido en una especie de Super Bowl.
En México el Mundial se vivió más intensamente en las calles que en las gradas. Uno de los episodios que mejor lo resume fue el recibimiento que tuvo la selección de Irán en Tijuana. Mientras el gobierno de Estados Unidos los trató como criminales, los tijuanenses recibieron como propios a unos futbolistas llegados del otro lado del mundo.
También aparecieron héroes inesperados: Cabo Verde y Vozinha; Curazao, Congo y Egipto; Noruega y Haaland. La ampliación a 48 equipos despertaba el temor de que hubiera partidos inútiles y goleadas humillantes. Ocurrió lo contrario: los recién llegados no pidieron permiso, no se conformaron con tomarse fotografías y compitieron en cada encuentro.
El Mundial dejó de pertenecer únicamente a las potencias tradicionales. Países que casi nunca aparecían en nuestras conversaciones ocuparon las pantallas y las plazas.
Al final, los gigantes terminaron imponiéndose y las semifinales devolvieron el torneo al orden conocido: España, Francia, Inglaterra y Argentina ya habían sido campeonas del mundo. Pero el camino hasta allí fue mucho más entretenido gracias a quienes nadie esperaba. España fue campeón con justicia y acabó con cualquier teoría de la conspiración. Es el segundo Mundial que gana gracias a la Masia, la cantera del Barcelona.
Pero lo mejor de este Mundial es que en los Estados Unidos de Trump, donde se prohibió hablar en español en las conferencias de prensa, la final terminó jugándose en Spanish.
José Manuel Rios Guerra nació en Tulancingo, Hidalgo en 1980. Es autor del libro La literatura es cosa seria, con el que obtuvo el Premio Casa de las Américas 2019 que otorga el gobierno de Cuba en el género de cuento. En 2016 publicó el libro Yo no me llamo Manuel, con el que obtuvo el Premio Estatal de Cuento Ricardo Garibay en 2015 que organiza el CECULTAH. En agosto de 2026 dará un taller virtual de cuento. Informes en: unamita1980@gmail.com
