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Reseña de Si no sabes de mí es porque estoy bien, de Rodrigo Solís
Por: mAmE
Las peores noticias llegan un jueves cualquiera, cuando menos te las esperas. Mi hermana me llamó una tarde de jueves, el 2 de noviembre: —Manolo, mi papá tuvo un infarto. Solo sé que lo llevaron a un hospital, te aviso para que estés pendiente. Diez minutos después —minutos que pesaron como una vida entera— volvió a marcar, llorando: —Ya se murió camino al hospital. Mi mamá estaba con él. ¿Vas a venir? Escuché todo a cinco mil kilómetros de distancia, desde una planta de alimentos en Canadá donde vivía entonces.
Mi historia, como la de tantos, quedó marcada por esa llamada que me arrancó de la rutina y me enfrentó al vacío que deja la figura paterna. Por eso, cuando abrí Si no sabes de mí es porque estoy bien, de Rodrigo Solís, me dio un trancazo en el pecho como si alguien me hubiera espiado el alma con un espejo.
El libro empieza con una situación paralela: una llamada de un hermano anunciando una mala noticia sobre un papá lejano, no por la distancia si no por un desacuerdo. El hijo siente alivio al saber que su padre aún vive, aunque intuye que su vida está a punto de dar un vuelco brutal. El cáncer de esófago le concede a Don Rober —el padre— tiempo para morirse despacito y obligar a todos los que lastimó, a mirarlo de frente mientras se le cae, pedazo a pedazo, la careta con la que vivió más de setenta años.
Don Rober es el antihéroe perfecto de la mexicanidad fallida: medio arquitecto, medio empresario, medio político, puro influyentismo, el “máster“ de la palanca. El clásico “yo lo arreglo con un cuate” que nunca terminó la carrera, que transita sin licencia de ningún tipo por la vida. Hasta con cáncer terminal logra que lo metan al Instituto de Nutrición porque “conoce a alguien”. El cáncer no lo mata: lo desnuda. Y ahí, en esa desnudez forzada, Rodrigo Solís construye la radiografía más aguda que he leído en años sobre dos generaciones.
Hay una escena que define todo el libro: Don Rober, anti-AMLO hasta la médula, le cuenta a Chava que el mismísimo López Obrador pidió personalmente que le dieran cama en el Instituto Nacional de Nutrición, el mismo hospital donde se atendió Carlos Slim durante la pandemia. La realidad, por supuesto, es otra: le dieron la cama porque, al estar fuera del sistema formal, no tenía derecho a ningún seguro público. Pero Don Rober prefiere su versión, donde hasta su enemigo político reconoce su importancia. Es el influyentismo imaginario, el último refugio del ego moribundo.
Entre Chava y Don Rober los diálogos son puro veneno destilado con cariño: se critican los credos, las decisiones, las cobardías mutuas. Es la honestidad brutal que solo llega cuando ya no hay tiempo para fingir. Un conflicto transgeneracional. Primero, la generación del PRI: esos señores nacidos en la época dorada del milagro mexicano, que crecieron en un país donde el influyentismo era la moneda de cambio más valiosa, donde los secretarios de Estado mandaban hacer títulos en Santo Domingo, aunque tuvieran apellidos que suenan a Falzati. Mi propio padre, la persona más honesta que conocí, admitió una vez, en un raro arranque de sinceridad mezclada con resignación, que la corrupción era “un mal necesario” para que la economía funcionara y se crearan multimillonarios que nos protegieran del intervencionismo extranjero.
La otra generación es la mía, la famosa “generación sándwich”: los que vamos de los 40 a los 60 en medio de dos panes: arriba los viejos que se nos deshacen y abajo los infantes que todavía no terminan de nacer del todo. Pagamos colegiaturas desde el kínder hasta la universidad, cambiamos pañales de bebé por la mañana y pañales de adulto por la noche, cubrimos quimioterapias y ortodoncias en la misma quincena, rentas que ya ni disimuladamente nos asfixian, y todavía repetimos como idiotas “la familia es lo primero” para no aceptar que llevamos años siendo el relleno que se aplasta para que nadie más sienta el hambre.
Quizás por eso esta novela de autoficción está estructurada como autopsia: capítulos titulados “Uñas”, “Tripas”, “Sesos”, “Ojos”… y al final los cierra con cartas de póker: “Joto”, “Comodín”, “Rey”. Las cartas delatan la adicción de Don Rober: cada vez que desaparece, todos saben que está en los casinos que Santiago Creel legalizó cuando fue secretario de Gobernación de Fox, esos antros que hoy frecuentan más ancianos que las sucursales del Banco del Bienestar.
Chava, el alter ego de Solís, es un poeta que tiró los guantes. Cambió versos por pañales, metáforas por mensualidades. Ahora es papá de una joven que estudia cine, y mientras acompaña a Don Rober en su proceso de morir, se ve atrapado entre dos espejos: el padre que se muere sin haber sido nadie y la hija que está empezando a ser todo lo que él soñó. Entre esos dos reflejos, Solís construye el retrato de toda una generación.
La novela también es una radiografía despiadada de dos formas de paternar. Don Rober usó a Chava como escaparate: lo mandó a estudiar a Estados Unidos sin tener los recursos, le compró un caballo que no podía mantener, todo para aparentar ante socios y amigos una riqueza inexistente. El hijo como inversión en imagen, como tarjeta de presentación falsificada. Chava, en cambio, renunció a su carrera de poeta para dar clases de inglés en línea y financiar los estudios de cine de su hija. El mismo sacrificio, pero invertido: ya no el hijo fingiendo para salvar la imagen del padre, sino el padre deshaciéndose para que la hija sea real. Solís nos muestra que cada generación cree que se sacrifica por la siguiente, pero Don Rober se sacrificaba por el qué dirán mientras Chava se sacrifica por el qué serás. Entre esas dos formas de amor —uno tóxico, otro tal vez noble pero igual de autodestructivo— se teje la tragedia familiar mexicana.
Solís también utiliza la autoficción como forma de posicionarse ante la vida, especialmente en su faceta de ciclista. Los capítulos dedicados a esto alcanzan el nivel de los Diarios en bicicleta de David Byrne, pero con sabor a taco y peligro mexicano. Son deleitables las escenas donde el alter ego de Solís pedalea por carreteras que el insecto urbano promedio jamás recorrería: cruza Morelos, ese estado con fama de zona de secuestros donde los retenes no sabes si son de policías o delincuentes; se adentra en Guerrero, territorio caliente de cárteles, guerrillas y políticos que son lo mismo con distinto uniforme. Hasta pasa en su bici cerca de Ayotzinapa, y en ese momento la novela se vuelve crónica de un país donde salir a rodar es un acto de resistencia o de locura, tal vez ambas. El ciclismo aquí no es escape sino confrontación: mientras Don Rober huye a los casinos, Chava pedalea hacia el peligro, como si atravesar el país roto en dos ruedas fuera su manera de apostar la vida.
Uno empieza identificándose con Chava, acompañando a su padre en el proceso de morir. Pero termina, igual que Chava, identificándose con Don Rober. Porque todos los nacidos antes del 2000 llevamos un pequeño Don Rober dentro: contamos historias exageradas en las reuniones, siempre “casi” triunfamos, tenemos “un proyecto” que nunca despega, vivimos de pura labia y contactos. Estudiamos una cosa, trabajamos en otra y sentimos que nunca llegamos a ser nadie de verdad. Y cuando el cáncer —o el infarto, o lo que sea— nos tumba, de pronto nos damos cuenta de que la única herencia que dejamos es una pila de deudas emocionales y un WhatsApp lleno de mensajes en visto, que se borran después de 7 días de ser enviados: sin noticias, buenas noticias.
La frase del título empieza como consigna cariñosa de un papá que no quiere molestar y termina como la gran mentira nacional. Solís maneja todo esto con un humor profundamente chilango que nos hace sentir en una canción de Chava Flores: la tragedia cantada con sorna, el dolor envuelto en albur. Había leído Our Cancer Year de Harvey Pekar, pero el humor negro de American Splendor es más gringo, más distante de nuestra cultura del Día de Muertos, donde la muerte es comadre y no enemiga. La familia mexicana está rota, como dice Heriberto Yépez, pero sigue siendo el único estado de bienestar real que tenemos. Aquí nadie tiene que cocinar metanfetaminas en una camper para pagar el hospital: alcanza con que un familiar se esté muriendo para que se abran alcancías y voluntades. Las banquetas de los hospitales se llenan día y noche de familiares esperando. Es la única red de apoyo que queda en un país cuyo sistema médico público se desmoronó en los últimos cuarenta años. Si no sabes de mí es porque estoy bien significa: “No me busques, si me pasa algo las malas noticias vuelan”. Es la bandera blanca de los que ya no podemos más.
Cierras el libro y te queda una sensación rarísima: como si hubieras ido al velorio de tu propio papá… y te hubieras dado cuenta de que el que estaba en el ataúd eras tú.
Rodrigo Solís acaba de ganar el Premio Primera Novela 2025. Se lo merecía. Este libro es un espejo que nadie pidió, pero todos necesitamos.
mAmE (Manuel Romero Mier y Terán,Guadalajara, 1978). Narrador y ensayista. Cofundador de la revista Refundación (2009). Su obra aparece en las antologías Antares (2009), Historias de Las Historias (2011), Cuentos de nuestra palabra en Canadá: Segunda Hornada (2014) y Químicamente impuro (Gaut vel Hartman).
