
Enrique Ángel
por Enrique Ángel
Un perro callejero me había mordido la pierna. Lo bueno fue que mi papá y mis tíos estaban en el patio de la casa de la abuela y salieron nada más escucharon los gritos.
—¿Te duele? —me preguntó mi primo el Alex cuando los adultos nos dejaron solos en la recámara para ir a darle de palos al perro—. Te está saliendo mucha sangre.
—Sí, ya se está chorreando otra vez.
—No le tapes, mejor vamos a jugar al asesinado: embárrate todo de sangre, y la cama y las cortinas, y te tiras como si alguien te hubiera matado. Yo voy a ser el policía que investiga la escena del crimen.
El Alex me ayudó a esparcir la sangre y luego salió y entró de nuevo al cuarto.
—Cierra los ojos que estás muerto.
—Es que me mataron con los ojos abiertos.
—Los muertos no hablan, tarugo, tú ciérralos.
—No, luego me pegas o me haces algo. Al fin que dizque la mirada de los muertos perturba y se ve bien acá.
—Bueno, déjalos abiertos.
El Alex caminaba de un lado a otro del cuarto.
—Mmm… mmm… interesante. He concluido que al muerto lo mataron por chillón y orinarse en la cama.
—¡Bájale!
—Los muertos no hablan.
—Ni tampoco la gente que está sola con un muerto.
—Es para seguir el juego. ¿Por qué me agarras el pantalón?
—Porque soy un zombi.
—Los zombis tampoco hablan.
—¿Cómo no?, dicen «sesos… sesos…»
—¡Ay, la madre! ¡Un zombi!
—«Seesooos…»
—¡Auxilio, Auxilio! ¡Un zombi maricón que se hace en los calzones! ¡Auxilio! ¡No me muerdas de a de veras, cabrón!
—¡¿Qué chingados les pasa?! ¿Por qué gritan así?
Todos mis tíos habían subido al cuarto. Estaban armados con palos y cuchillos y olían a borracho. Mi padre incluso traía sangre del perro que acababan de sacrificar en el jardín.
—Ya ni la muelan. Primero la tarugada de hace rato y ahora se ponen a gritar como si de veras. ¿Para eso se reúne la familia? No deberían portarse así en casa de su abuela. Ya le mancharon todo el cuarto.
—Ustedes andan haciendo más alboroto allá abajo —dijo el Alex.
—¡Chamaco baboso! ¡¿Así le hablas a tus mayores?! ¡Vas a ver cómo te callo la boca a golpes! —le contestó su papá y le cumplió su palabra.
Después de eso bajaron y yo y mi primo nos quedamos solos. Él lloraba en silencio mientras se sobaba la boca y yo me volvía a poner la venda.
—Se pasan… —le dije yo al Alex.
—¡Es pura caca! —gritó quedito pero bien enojado—. Así son todos. ¡Mensos! ¡Mensos y gandallas!
—Dizque es la familia.
—¡Es pura caca! —volvió a decir.
Tomó el lápiz labial de la abuela y escribió grande en la pared: Puta la puta familia puta.
—Son tan mensos no van a saber quién fue —le dije.
Y dándome la razón lo firmó: fui el Alex.
Entonces entró mi tío, vio la pared y luego volteó hacia mí.
—De seguro fuiste tú, Israel.
Enrique Ángel nació en la Ciudad de México, en 1986. Es autor de los libros Metafísica de las costumbres (2016), La Reina Valera (2018) y La pinche chamaca (2023). Implicaciones de la negación de la voluntad de vivir en la noción de voluntad como cosa en sí en Schopenhauer es el título de su tesis con la que obtuvo el grado de Maestro en Filosofía por la UNAM. Actualmente profesor en la Universidad Nacional Rosario Castellanos.
